¿Qué tal si a todos los chilenos les garantizáramos un ingreso mensual de por vida independiente de sus ingresos producto del trabajo?

Por Ignacio Moya, Master en Ciencia Política y Filosofía

Más allá de si es actualmente “impráctico” o no implementar un programa así en Chile, lo que conviene hacer es ver porqué un programa de Renta Básica universal (conocido como RB) es una idea que, tarde o temprano, tendremos que considerar de manera seria. Por lo demás, esto ya se está haciendo en los países más avanzados del mundo (y es conocido en ingles por las siglas BIG – Basic Income Guarantee).

Primero, para justificar la implementación hipotética de una RB, hay que considerar que el dinero, tal como ya argumenté en otra columna, representa hoy día mucho más que un mero “medio” de intercambio. Entre las distintas funciones que cumple el dinero (como la de representar el tiempo), una de las más extendidas tiene que ver con su capacidad para asignar valor.

Ignacio Moya, Master en Ciencia Política y Filosofía.
Ignacio Moya, Master en Ciencia Política y Filosofía.

En este punto le debemos mucho a Karl Marx. Entre las muchas perspectivas novedosas que él nos ofreció, una de ellas es la que dice relación con la mercantilización de la vida. El proceso de mercantilización inherente al capitalismo es en sí mismo lo suficientemente preocupante como para levantar legítimos cuestionamientos al sistema. Después de todo, el sólo hecho que hoy muchos aprecian una obra de arte o un diamante por su valor monetario (¡es que vale millones!) más que por su belleza intrínseca es un indicador de cuán tergiversada está nuestra relación con el mundo. Tergiversación que por lo demás nos ha convertido en verdaderos depredadores del planeta.

Esta idea (que el dinero sirve para indicar cuán valioso algo es) se invoca para justificar los altos sueldos de ciertas actividades. Estos altos sueldos constituyen una manera de valorar el trabajo y su importancia. Los sueldos altos son, nos dicen, necesarios para atraer a los mejores. La vital importancia de ciertas labores se ven, por lo tanto, compensadas por el alto sueldo que estos perciben. Si queremos a los mejores, hay que pagar para tener los mejores. Esta línea de razonamiento se aplica a muchas disciplinas cuando de defender los altos ingresos de una profesión se trata (abogados, médicos, ingenieros, etc). Y no sólo se aplica a profesiones sino a bienes materiales. Lo de buena calidad es siempre más caro. El dicho popular que afirma que lo barato sale caro apunta a la idea que la calidad de un producto está estrechamente asociado a su alto precio. Y, mutatis mutandis, la importancia de una profesión está asociada a las remuneraciones que se le asignan.

Vaya argumento este de que las altas remuneraciones son necesarias para atraer a los mejores. Enfrentado a un argumento como este, conviene detenerse un instante y preguntarse, ¿qué se está diciendo realmente? Se está diciendo que la importancia de un trabajo y de una actividad, se refleja en su nivel de remuneración. A primera vista, esto puede no parecer complicado. ¿Pero es esta realmente la señal que como sociedad queremos transmitir? Si un gerente general o el presidente de un directorio ganan varios millones al mes, ¿es porque su trabajo realmente vale esa cantidad de millones?

Quién crea que la respuesta es un “sí”, debiese pensarlo dos veces. La razón principal por la que deberíamos dudar de esta idea es que al afirmarla estamos desmereciendo y despreciando a la(o)s dueña(o)s de casa, los poetas, pintores, artistas, deportistas (excluyo a los futbolistas que ganan millones), científicos, profesores, obreros y a miles de trabajadores que ganan una miseria y/o que apenas llegan a fin de mes. Si el nivel de remuneración es un reflejo de cuánto una sociedad valora una actividad determinada, entonces pareciera ser que esta sociedad valora sus gerentes generales cuarenta veces más que los mismos profesores que los formaron. Y cuarenta veces más que los artistas que hacen que la vida humana sean vivible. Algo está muy mal aquí. Después de todo se puede vivir perfectamente sin gerentes generales. Ellos no son indispensables. Pero que alguien trate de imaginar una vida sin música y sin arte. Sin maestros y sin guías. Quien lo intente se dará cuenta muy rápidamente que una vida sin música y una vida sin maestros o guías es una vida empobrecida. Claramente si de importancia vital, trascendental y fundamental se trata, los artistas y los maestros valen mucho más que los gerentes (e incluso más que los parlamentarios que tienen dietas millonarias). Y a pesar de esta reconocida importancia trascendental, ¿cómo premiamos a los artistas y los profesores? ¿Cómo valoramos su labor? 

Algo hay que cambiar. Y aquí es donde entra la idea de una RB. Ya que no podemos cambiar el sistema completo (al menos no en el corto plazo), la implementación de una RB pareciera ser una solución intermedia que puede servir para ayudar a dignificar la vida de las personas. Recuerden que si en nuestra sociedad la valoración de una actividad se realiza a través del dinero, entonces podemos utilizar el dinero para valorizar a todas las actividades humanas. En este sentido, un ingreso mensual garantizado mandaría el siguiente mensaje fundamental a todas las personas: valoramos su vida y valoramos lo que usted hace con su vida. Sea un gerente general, obrero, artista, profesor, escritor, chofer o médico, usted es bienvenido en esta sociedad. Y por eso, como sociedad, le hacemos entrega de un ingreso básico que le va permitir a usted dedicarse a su actividad sin temor a pasar hambre o quedar en la calle. Si se implementara una RB universal, estaríamos transmitiendo una señal de humanidad y dignidad que nos enaltecerá a todos.

EA/ima