“Mi alma que desborda humanidad ya no soporta tanta injusticia”

Esta frase, tan simple, poética y profunda, fácilmente podría salir de la boca de las miles de personas que están sufriendo hoy por la exacerbada violencia del estado. Pero estamos en el año 2001. El Presidente es Ricardo Lagos. Los lineamientos económicos que se han establecido desde la época de la dictadura siguen su ritmo con un crecimiento acelerado a bajo costo. Ya son parte del lenguaje de los chilenos, nuevos términos que parecen dinámicos. Uno de ellos es “terciarización”. Un mundo laboral y social, fractal. Por su parte, la explosión del consumo inunda la TV con una gran diversidad de productos y propuestas, la sociedad lo disfruta. Cada año nacen nuevos Malls (shopping), el nuevo paraíso social del consumo. El “éxito” es la palabra angular del modelo económico. Eso no es todo. Somos reconocidos internacionalmente. Chile se encuentra en el lugar 47 de la lista de los países más pujantes con un riesgo país que llega a solo 173 puntos. El mejor del cono sur y de latinoamérica. Se hablan maravillas de esta sociedad pujante. En cambio, nuestros vecinos transitan por una de sus grandes tragedias. Una crisis económica, social y política ponen a la Argentina lejos de la credibilidad internacional con 1556 puntos. En el mismo espacio que las naciones africanas.

Bajo este contexto, es cerca del mediodía el 30 de noviembre de 2001. Un hombre llega a Plaza Constitución, frente al Palacio de La Moneda, (casa de gobierno de Chile) en pleno centro de la ciudad de Santiago. No es un día común. Una protesta de un grupo pescadores artesanales, altera el día de los transeuntes, mientras que a pocos metros de ahí, realiza un acto la CONASIDA con la ministra de Salud, Michelle Bachelet, a la cabeza.

El sol pega fuerte en esta época y el desconocido, invisible a los ojos de los demás, mira por última vez a su alrededor, acto seguido, extrae un filoso cuchillo con el que, con fuerza, se autoinfiere una profunda herida abdominal, dejándola ahí a la hoja fría, perpendicular. Luego, como puede, se tira un líquido inflamable para prenderse y convertirse en una bola de fuego ante la mirada estupefacta y horrorosa de quienes pasaban por el lugar. El reloj se detiene. Los gritos generan caos, corridas e impotencia. Duró un minuto todo este acto dantezco. Una eternidad. Carabineros logra apagar las llamas, utilizando extinguidores y frazadas mojadas con agua de la pileta de la plaza. Casi agonizante, el desconocido, tendido en el piso, trata de levantarse tres veces, pero se lo impiden hasta que llegue la ambulancia. Quince minutos después es trasladado a la Posta Central, donde fallece. Las razones de la drástica decisión de Eduardo Miño Pérez de 52 años y padre de tres hijos, las dejó en una carta. Vivía en la comuna de Maipú. Militaba en las filas del Partido Comunista y era miembro de la Asociación Chilena Víctimas del Asbesto. Estaba desempleado.

La crónica de este suceso sirve para rescatar y recordar a Miño Pérez y su lucha anónima. También para poner en perspectiva los sucesos trágicos que hoy vivimos en Chile. El último acto de este hombre de la comuna de Maipú, uno irracional, es un duro testimonio para remecer a una sociedad que estaba “encantada”, a la que le gritó, por última vez, las injusticias que le tocó vivir.

La Carta. “Mi nombre es Eduardo Miño Pérez, CI: 6.449.449-K, militante del Partido Comunista. Soy miembro de la Asociación Chilena de Víctimas del Asbesto. Esta agrupación reúne a más de 500 personas que están enfermas y muriéndose de asbestosis. Participan las viudas de los obreros de la industria Pizarreño, las esposas y los hijos que también están enfermos solamente por vivir en la población aledaña a la industria. Y han muerto más de 300 personas de mesotelioma pleural que es el cáncer producido por aspirar asbesto. Hago esta suprema protesta denunciando:

1.- A la industria Pizarreño y su holding internacional, por no haber protegido a sus trabajadores y sus familias del veneno del asbesto.

2.- A la Mutual de Seguridad por maltratar a los trabajadores enfermos y engañarlos cuanto a su salud.

3.- A los médicos de la mutual por ponerse de parte de la empresa Pizarreño y mentirle a los trabajadores, no declarándoles su enfermedad.

4.- A los organismos de Gobierno, por no ejercer su responsabilidad fiscalizadora y ayudar a las víctimas. Esta forma de protesta, última y terrible, la hago en plena condición física y mental como una forma de dejar en la conciencia de los culpables el peso de sus culpas criminales. Esta inmolación digna y consecuente la hago extensiva también contra: – Los grandes empresarios que son culpables del drama de la cesantía que se traduce en impotencia, hambre y desesperación para miles de chilenos. – Contra la guerra imperialista que masacra a miles de civiles pobres e inocentes para incrementar las ganancias de la industria armamentista y crear la dictadura global. – Contra la globalización imperialista hegemonizada por Estados Unidos. – Contra el ataque prepotente, artero y cobarde contra la sede del Partido Comunista de Chile. Mi alma, que desborda humanidad, ya no soporta tanta injusticia”. Eduardo Miño Pérez.

EAN/css/imagen recreativa: unsplash-logoNoah Silliman fuentes: Cooperativa.cl Emol El País

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