“All Tomorrow’s Parties”

Anthony Powell, Hombre del ocaso, fiordo: 2015. 264 pgs.

“El pintor no lee. La lectura agobia:

Juan Valjean es bruto, necio Tartarín;

Juan odia los libros, ve horrible a su novia

y muere en silencio, de tedio, de esplín.” Carlos Pezoa Véliz

Los rituales de la decadencia de una época no dejan de fascinar nunca, ya que es aquí donde se muestra lo mejor y lo peor de esta. No por nada la lechuza de Minerva levanta su vuelo llegado el ocaso.

Las ideas nacen dulces y mueren feroces, dice Borges que alguien alguna vez dijo. Al igual que las épocas… y las fiestas.

Ese es el aroma que se respira en cada página de Hombres del ocaso, novela publicada originalmente en 1931 y opera prima de Anthony Powell, quienes algunos consideran el Proust británico.

Editorial Fiordo nos trae otra de esas exhumaciones que debemos agradecer al ímpetu de librero anticuario de las pequeñas editoriales argentinas, que se han dedicado a difundir obras tan extrañas como exquisitas. De otra forma el buen Powel permanecería oculto por largo tiempo más, salvo para algunos lectores bilingües que deambulan por viejas librerías de idiomas.

Hombres del ocaso es una novela sobre noches, fracasos y gente bebiendo en un bar. Reflexión frívola, aunque precisa, de un tiempo que es como una larga fiesta que ya está por terminar (o que ya terminó aunque se extienda agotada y aburrida), en el cual sus últimos náufragos intentan juntar fuerzas para lo que está por venir.

Y lo que está por venir es el ocaso.

¿Cómo resumir esta obra tan insular como cosmopolita? Hombres del ocaso, título que podría remitir perfectamente a un western, es un libro donde los personajes no recuerdan a los de F. Scott Fitzgerald, sino que recuerdan al mismísimo F. Scott Fitzgerald y su desequilibrada Zelda, entre jornadas nocturnas en las que el alcohol opera como una forma profana de exorcismo.

El logro de Powell esta en tratar sin exceso ni melodrama la cara menos exitosa de la bohemia del mundo de entreguerras. Para esto nos retrata un mosaico de artistas e intelectuales agotados, escritores sin obra, mecenas excéntricos, amantes fugaces y largas jornadas de alcohol como truncos intento para escapar del tedio.

Risueña y desesperada, la novela tiende un manto de sutil humor sobre un mar de desolación, con momentos tan logrados como aquel en que el joven Atwater, inactivo y dandy empleado de un museo arqueológico, quien servirá de eje de esta corte de los milagros, conoce a Lola:

“- Me dicen Lola.

– No, ¿de verdad?

Si.

– ¿Quién te dice Lola?

Yo me digo Lola a ni misma.”

Quizás el punto más alto de la obra (además del perfil de la entrañable Lola) es esa  estrategia de charlas inagotables, que brindan un clima cinematográfico, y que termina ser el único soporte existencial de personajes para los cuales el mundo se ha transformado en un lugar donde “el amor ha llegado a ser lo mismo que la forma más aburrida de la lujuria, cuando el poder es lo mismo que el más inútil montón de dinero, cuando la fama es lo mismo que la clase más vulgar de publicidad”.

Niños viejos muriendo de spleen.

EA/jcm

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