Un terror como una fiebre

Por El Genio  Maligno

         Diego Muzzio, Las esferas invisibles. Buenos Aires: Entropía. 2015. 220 pgs.

El terror es, lejos, uno de los géneros más complejos y esquivos, tanto para escritores como para lectores. Difícil de narrar, el terror, así como el horror y lo ominoso, es un espejo de esos miedos atávicos que siempre retornan, persisten. Todos estos miedos parecen radicar siempre en lo mismo: la pérdida del sentido, la suspensión de esas nociones que sostienen las cosas como reales, 0racionales o previsibles. Quedar desvalidos ante una realidad que no comprendemos.

         El terror surge cuando el orden que hemos construido con nuestra precaria racionalidad se cae a pedazos y revela el caos que rige la vida. Como señalaba H. P. Lovecraft, maestro del género, en sus Notas sobre la escritura de ficción extraña (1937): “Estos cuentos tratan de incrementar la sensación de miedo, ya que el miedo es nuestra más fuerte y profunda emoción y una de las que mejor se presta a desafiar los cánones de las leyes naturales. El terror y lo desconocido están siempre relacionados, tan íntimamente unidos que es difícil crear una imagen convincente de la destrucción de las leyes naturales, de la alienación cósmica y de las presencias exteriores sin hacer énfasis en el sentimiento de miedo y horror.”

Dificultoso, salvo para algunos pocos escritores que aun cultivan el género con maestría, el efecto del terror ha terminado por ser sustituido por relatos truculentos y viscerales, o repeticiones agotadas de viejas fórmulas, copando el género de escritos mediocres.

Sin embargo, el poeta y narrador argentino Diego Muzzio nos presenta Las esferas invisibles (Entropía, 2015), un intento de recuperar los relatos inquietantes, con historias ambientadas en un siglo XIX sudamericano y fatal.

Este inesperado volumen compila tres novelas breves (El intercesor, El ataúd de ébano y La ruta de la mangosta) que transcurren alrededor del Buenos Aires del año 1871, cuando los sueños positivistas decimonónicos se caían a pedazos ante la fiebre amarilla traída por los soldados que regresaban de la Guerra del Paraguay. La peste asola una ciudad pantanosa, llevando a los conventillos abarrotados de migrantes un simulacro del juicio final. 14 mil víctimas se agenció esa fiebre.

El siglo XIX será el escenario privilegiado de lo inquietante. Sin caer en el costumbrismo, Muzzio nos trae el retrato de una época convulsa y extraña, donde el sobrevivir parece que siempre implica llevar las manos un tanto manchadas.

La muerte por la peste subvierte el orden del mundo. La elección de un tiempo devastado y devastador habilita a que los relatos contenidos en Las esferas invisibles rompan lo racional y permitan que el terror emerja, revisitando, sin repetir, algunos de los tópicos del género.

En El Intercesor, el relato más logrado de este tríptico, un sacerdote de fe titubeante recuerda la oscura confesión de un moribundo ciego, quien fuera otrora un joven médico y capitán de caballería, destinado a un fortín perdido en el extremo sur por un acto de sedición durante la época de Rosas. En esa desolación le tocará conducir a un grupo de parias, llevados ahí a la fuerza al igual que él, a modo de castigo e higiene social, entre los que destaca un negro que practica la magia y oficia de agorero, con fatídicas visiones. Pronto la soledad y la locura de los desiertos fríos dará paso al mal y a horrores informes.

La segunda de las nouvelles, El ataúd de ébano, nos relata las desventuras de dos profanadores de tumbas que roban ataúdes para su reventa, lucrativo emprendimiento en tiempos de epidemia. Buscarse la vida en medio de la muerte, los cementerios y las nocturnas calles de tierra los llevará a toparse con una niña francesa, quien los conducirá a la oscuridad.

La ruta de la mangosta, que cierra este libro, narra las desventuras de un joven relojero que aprende de un fotógrafo el secreto para alcanzar la inmortalidad. El milagro, que luego se mostrará como condena, lo llevará por viajes incesantes en busca de matanzas y muertes masivas, retratando cadáveres entre los ensueños del opio.

Las esferas invisibles atrapa e inquieta, revitalizando las formas de un género despreciado.

EA/jcm

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