Opinión: Un breve manifiesto por la libertad

Creo en mi individualidad. Defiendo mi libertad. Lucho y protejo mi privacidad. Me gusta manejar mi tiempo. Asumo la responsabilidad por lo que pienso y por lo que hago. Corro riesgos con mi pensamiento y esos riesgos a veces me llevan a equivocarme. Tengo claro que no existen las certezas en las ideas, sólo incertidumbres y mi acto de valentía y rebeldía es elegir vivir en esa incertidumbre.

Ignacio Moya, profesor y master en filosofía/ columnista.
Por Ignacio Moya, profesor y master en filosofía/ columnista.

Creo en mi individualidad. Defiendo mi libertad personal, el derecho a vivir mi vida de la manera en que mejor me plazca, en hacer las cosas que a mí me gustan, a que no me molesten, que no me obliguen, que no me coarten, que no me sofoquen. Porque creo en mi libertad individual y personal, por todo eso es que me opongo, con todas las fuerzas de mis ideas, mis votos y mis actos (cuando estos corresponden) al capitalismo y al “libre” mercado.

Creo en mi individualidad. Pero no sólo en la mía, sino en la del otro. Es por eso que defiendo no sólo mi libertad, sino la de todos. Cada persona es única. Irrepetible. Un universo en sí. Lleno de infinitas potencialidades. Lleno de sueños inagotables. Todos juntos somos una comunidad, una comunidad donde nadie, a priori, es merecedor de más privilegios que el otro.

Los que creemos en la primacía de libertad de las personas no podemos creer en la primacía de la libertad de los mercados. Los que creemos en la libertad del individuo para hacer lo que estime mejor con su vida no podemos creer en la mercantilización de los bienes, servicios y derechos. Es decir, los que creemos en la libertad de las personas nos debemos declarar opositores del capitalismo, opositores de las actuales estructuras económicas que pesan sobre nuestros hombros y que cría esclavos, esclavos del trabajo, del consumismo y de las deudas. Millones de personas que, gracias a las circunstancias impuestas sobre ellos por las estructuras sociales, han renunciado a sus potencialidades. Millones que han renunciado a su humanidad. Cuando uno nace, crece y vive en una sociedad donde las necesidades básicas no están aseguradas (por ejemplo comida y techo), muchos se ven forzados a trabajar en lo que sea para poner la comida sobre la mesa, para educar a sus hijos o para sanar un familiar. Ante las necesidades imperiosas de sobrevivir, de lado quedan las aspiraciones que cada uno alguna vez tuve de realizarse como persona en plenitud, de alcanzar su telos (para usar un término Aristotélico).

La libertad de los individuos se defiende y se asegura dando a todos acceso garantizado y digno a salud, educación, vivienda y trabajo. Una sociedad que valora la libertad de los individuos es un sociedad donde uno se siente libre de emprender, crear, intentar, fracasar, holgazanear, pensar, escribir, construir, viajar, vender, comprar, caminar, correr, mirar las nubes, programar software. Donde uno pueda emprender mil y una veces sin temor a perder la familia o la casa. Donde todos tengamos un mínimo piso digno asegurado por el sólo hecho de existir, por el sólo hecho de habitar (para usar un término de Heidegger) sobre la Tierra. No se trata de decir que el Estado es quien nos debe decir donde vivir. Ni en qué debemos trabajar. No es eso lo que quiero. Pero tampoco quiero, cómo ocurre ahora, que el mercado me diga dónde puedo vivir, dónde puedo estudiar, dónde debo trabajar y que más encima me diga si puedo o no vivir (por ejemplo, negando o facilitando mi acceso a salud oportuna y de calidad).

Los que creemos en la libertad del individuo para perseguir sus anhelos y desarrollar sus potencialidades tenemos un deber de ser coherentes. Y esa coherencia nos obliga a cuestionar este sistema económico que permite que existan, por ejemplo, familias poderosas que manejan las riendas del poder e influyen decisivamente sobre los destinos de todos nosotros. Hablar de las “familias” Matte, Larrain, Luksic es, a lo menos, retrógrado. ¿Por qué tenemos estas “familias”? ¿Quiénes son? ¿Por qué existen todavía? ¿Acaso estamos en Europa Medieval? Tanto como la colusión, la existencia de estas “familias” representa un atentado a la esencia de la libertad individual. Así cómo los defensores del libre mercado critican la colusión porque atenta contra la libre competencia y el emprendimiento, los defensores de la libertad individual debemos criticar la existencia de estas familias porque atentan contra la libertad de las personas. Estas familias representan la colusión de individuos para asegurarse poder, influencia y riqueza entre ellos a costa de los demás. El poder, las redes heredadas y el acaparamiento de la riqueza nacional se convierten en obstáculos a la libertad individual de cada uno de nosotros y, por lo tanto, son más reprochables que la colusión de productos materiales. Una sociedad de individuos libres no tolera la existencia de estas “familias”.

Para asegurar una sociedad de individuos libres, se necesita (en estas circunstancias históricas) más Estado y menos mercado. Por ejemplo, entre algunas medidas básicas que se debiesen implementar está un impuesto a la herencia del 100% (para que ningún individuo empiece su vida con privilegios heredados), reglas contra el nepotismo tanto en el sector público como en el privado (para que ningún individuo herede cargos privilegiados en empresas familiares) y un ingreso mínimo asegurado a todos los ciudadanos, conocido como Ingreso Básico Universal (para que todos los individuos sientan que pueden desarrollarse como personas sin el riesgo de morir de hambre). Todo esto junto a salud, educación y vivienda asegurada a todos. Esto no es fácil. Pero nunca nadie dijo que iba a ser fácil, que asegurar la libertad es una tarea sencilla. Sin embargo, la coherencia y la creencia en la libertad individual nos llama a tomar todas medidas necesarias para asegurarle esa libertad a todos.

En primera y última instancia, yo elijo la vida que quiero vivir. Ese es mi derecho. Y yo soy un individuo único. Esa es la facticidad de mi existencia. Y ese derecho, junto a esa facticidad constituyen la base sobre la que me opongo a este sistema económico, político y social. Ese derecho y esa facticidad constituyen la base sobre la que construyo mi sueño de una sociedad más justa, equitativa, solidaria y comunitaria.

EA/ima@eanoticias.com

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