La abolición del mechoneo

Por Joaquín Trujillo Silva – Investigador CEP, Profesor invitado U. de Chile.
Por Joaquín Trujillo Silva – Investigador CEP, Profesor invitado U. de Chile.

Una gran noticia hemos recibido el día lunes 14 de marzo: el fin al “mechoneo” en la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile. Las asambleas de los primeros y segundos habrían decidido ponerle fin y se espera que en el futuro no sea restaurado por ningún nostálgico.

Es notable además que hayan sido los propios estudiantes quienes tomaron esta decisión sin mediar las prohibiciones perentorias de las autoridades.

El famoso “mechoneo” es una de esas supuestas “tradiciones” (“malas costumbres”, para evitar eufemismos) que de tradición tiene poco (sus tonterías se remontan a la década de los sesenta; nada milenario). Y claro, hablar de “tonterías” es ya una mala señal. En efecto, quienes lo miran desde lejos ven en el  mechoneo una jugarreta de iniciación, pero quienes lo tuvieron (y lo tienen hoy) que sufrir sí saben qué es.

Y es que el “mechoneo” es un lastre de la barbarie, del oscurantismo, la indolencia de los mayores, una muestra del oportunismo en que los fuertes abusan de los débiles y en el lugar menos propicio. Es un triste espectáculo de desprecio del cuerpo humano y el de los animales (se lanzan muchas vísceras y toda suerte de desperdicios carnívoros). Puede ser inscrito sin duda en el triste catálogo de la banalidad del mal.

Quienes lo defienden esgrimen la tradición, la ocasión de hacer amigos (amigos en los infortunios) y la utilidad de la limosna que los mechones atraen y que se destina a un festín. Las usuales razones de la estupidez, que, como se sabe, se esfuerza y las consigue.

La abolición del mechoneo es también tan digna de celebración porque da esperanzas de erradicar poco a poco la violencia del interior de las universidades, esa violencia de toda laya, que no circula sin despliegue de “argumentos”, entre los cuales se encuentra el menosprecio de la libertad de cátedra y algo que suena mejor: el principio de realidad. Ese de que la universidad debe hacerse cargo de la realidad (pero vaya de qué manera, he ahí el problema). Y “la realidad” —para quienes recurren a ella con claros propósitos— siempre es dura y hay que vivirla.

T  S. Eliot repitió en dos de sus obras (Los cuatro cuartetos y Asesinato en la catedral) la famosa frase “la humanidad no soporta demasiado realidad”. Algo similar podría predicarse de las universidades. Las universidades no soportan demasiada realidad.

Es más, quienes las fundaron en la vieja Edad Media era la gente menos realista de ese tiempo.

Mientras los más realistas, entre ellos muchos beatos violentistas, viajan a las cruzadas, donde asesinaban, violaban, destrozaban, fuera de Europa (no todos, hay que decirlo) y también al interior de ella (recordemos las cruzadas contra la herejía albigense), los universitarios eran un montón de cobardes, débiles y descomprometidos con la fe. Los universitarios permanecían en Europa (o volvían defraudados) para quedarse quietos. Y es que hacían el soberano ridículo. En medio de esa realidad medieval, ellos se dedicaban a leer, pensar y escribir y –ante todo— a conversar hasta agotar el pensamiento hablado. Y a sufrir la incomodidad de la inteligencia.

Se fueron terminando las cruzadas, y la universidad, esa ridícula institución al principio tan precaria, que a nadie interesaba, fue alcanzando prestigio. La universidad se hizo un lugar importante en el que otros fines comenzaron a convivir con los fines originales (que por originales no eran los únicos legítimos).

Con todo, el contrario espíritu campeaba en las cruzadas no desapareció por completo.

En 1847 Andrés Bello vio con horror cómo la cámara de diputados de la República de Chile aprobaba una ley para cerrar la Universidad de Chile, recientemente fundada (Pedro Lira Urquieta lo cuenta). Pues la universidad demoró en afirmarse, incluso, cuando se creía que era del todo viable.

Grandes universidades tuvieron también altibajos. Chateaubriand, en sus Memorias de ultratumba, se refiere al estado calamitoso en que se encontraban Oxford y Cambridge. Al llegar a Gotinga, Lichtenber se encontró con un lodazal en el patio de la universidad que servía de porqueriza. Anton Thibaut (el frustrado codificador de la ley civil alemana) dedicaba mucho de su tiempo como rector a reparar los daños a la comunidad que ocasionaban los estudiantes de Jena.

No son tradiciones. Son lastres que deben quedar atrás y que el arte y la ciencia que se cultivan, o por último, se admiran, en las universidades, cumplen con señalar y organizar los ánimos hostiles.

El escrito ruso Ivan Turgueniev, que se lo acusó de importar a la Santa Rusa mucha de la ridícula sofisticación de la Europa occidental, se dice que con uno de sus novelas, leída por el entorno del zar Alejandro II, influyó decisivamente en la abolición de la servidumbre en 1860. Otro tanto se dice de La cabaña del tío Tom, para la abolición de la esclavitud en los Estados Unidos.

El refinamiento no soporta demasiada realidad, no porque la niegue, sino porque se acuerda que alguna vez lo que hoy parece obvio y asentado fue un anhelo propio de fantasiosos, nada realistas.

La abolición de ese enclave de violencia, amparado en la banalidad (en la risa y en la sonrisa), es una buena noticia. Ojalá otros estudiantes de todo el país sigan este buen ejemplo.

EA/jts

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