Huelga, individuo y sociedad

Las huelgas no le gustan a nadie. Una huelga es siempre una situación extrema. Es el punto culmine de un conflicto que no se ha podido resolver. Muy pocos parten un proceso de negociación queriendo ir a una huelga inmediatamente. Por el contrario, si el proceso de negociación se puede resolver mediante el dialogo y se llega a un acuerdo, no hay necesidad de ir a huelga.

Ignacio Moya A. / M.A. en filosofía, columnista, / ima@eanoticias.com
Ignacio Moya A. / M.A. en filosofía, columnista, / ima@eanoticias.com

Pero una vez que, por las razones que sea, ocurre una huelga, existen dos posibles reacciones. De apoyo o condena (aunque en estricto rigor es posible, también, manifestar indiferencia). La reacción que tomemos será determinada, en gran parte, por las visiones que cada uno de nosotros tiene acerca de lo social, lo público y la relación del individuo con la comunidad en la cuál está inserto. Tener esto claro (que nuestras visiones metafísicas acerca del ser humano influyen en la forma que evaluamos algo tan terrenal y material como es una huelga de trabajadores), es siempre importante. Pero más aún ahora que se está discutiendo una Reforma Laboral porque una Reforma Laboral nunca es sólo una Reforma Laboral.

Los que se oponen a esta Reforma y los que más se molestan cuando hay alguna huelga que los afecta a ellos de manera directa (por ejemplo como usuarios de un servicio) son los que usan la huelga para dividir, separar, y atomizar la sociedad. Los inconvenientes que las huelgas ocasionan al conjunto de la sociedad se usan como una herramienta para establecer una distancia y levantar un muro entre los trabajadores y la ciudadanía (lo que ya es problemático porque los trabajadores también son ciudadanos por lo que esa supuesta diferencia no es tal).

Los que no quieren darle más poder de negociación a los trabajadores se aprovechan de las molestias que los paros provocan para ponernos en contra de los trabajadores y del derecho a huelga. Usan los paros como pretexto para decirnos que ellos están allá con sus demandas y nosotros estamos acá con nuestros intereses. Que somos de dos bandos distintos. Que sus inquietudes no son los mías. Esta es una manera soterrada de deslegitimar la herramienta de la huelga. Es una manera de decir que la huelga es nuestro “enemigo” (y los trabajadores que usan la huelga también son nuestros “enemigos”). Nos dicen que las huelgas no son buenas para el país. No son buenas para nosotros. Y cuando uno ve que, por ejemplo, en el caso del paro del Registro Civil, efectivamente hay mucha gente que sufre consecuencias graves por este paro, pareciera que la realidad lo confirma: ellos están en contra de nosotros. Sus problemas no son los míos. Es más, no sólo sus problemas no son los míos, sino que ellos son la causa de mis problemas.

Las dificultades que las huelgas producen son reales. No corresponde desconocerlos. Es más, no todas las huelgas deben tener, necesariamente, el apoyo del resto de nosotros. Hay que dejar en claro este punto. Puede que una huelga determinada sea, efectivamente, más dañina que positiva (para la empresa y/o para los usuarios de esos servicios). Puede ser que una huelga sea mal intencionada (es decir, que sus objetivos no sean forzar la solución a un problema sino que su objetivo sea crear o exacerbar un problema). También puede ser que se deban mantener servicios básicos y que por lo tanto ciertos trabajadores nunca puedan ir nunca a huelga. Todo esto puede ser cierto. Pero ese no es el punto que busco resaltar aquí. El punto es que las huelgas, precisamente por nos afectan a todos, no se debiesen usar como una herramienta para dividir sino para unificar.

Que un paro nos afecta (o nos puede afectar) a todos demuestra que estamos relacionados, que somos interdependientes. Que lo que el otro hace, me impacta a mí. Que cómo el otro vive tiene consecuencias para mi vida. En esta sociedad a veces es muy cómodo cerrar los ojos y tirar los problemas de los otros debajo de la alfombra. El problema es que cuando hacemos eso, después aparece un paro de trabajadores exigiendo alguna mejora laboral y de pronto nos sorprendemos y nos molestamos. El paro, como evento (“evento” en un sentido menos radical que Alain Badiou le da), es algo que irrumpe en medio de nuestras vidas y nos saca de nuestra complacencia. Nos violenta. Nos grita en la cara. A veces nos sentimos pasados a llevar (por ejemplo, porque necesito tal servicio y no lo puedo obtener). Sentimos que ahora mi derecho ha sido violado y eso, nos decimos, no es permisible (aunque nada dijimos mientras se violaban los derechos de ellos, los trabajadores). Una huelga es un evento que nos saca de nuestras vidas privadas, que enfrenta nuestra existencia atomizada de manera directa, nos agarra y nos lleva (por la fuerza) al encuentro con la realidad del otro. Con esa dura realidad del otro. Y en ese momento nos damos cuenta que ellos ya no saben qué hacer para hacer valer sus exigencias; ellos están desesperados. Y es por eso que ellos van a huelga. Es en ese instante que me doy cuenta que era yo el que no tenía idea de sus problemas (porque no quise o no pude). Esta es la verdad que la huelga nos obliga a enfrentar.

Por eso una huelga debiese ser una oportunidad para construir país. Para hacernos ver que los problemas de ellos también son mis problemas. Es un evento que nos recuerda que somos una comunidad, que vivimos en un mismo país. Insistir en levantar un muro entre los trabajadores en huelga y el resto de la ciudadanía es perpetuar esa lógica atomista que legitima la simultánea existencia de, por ejemplo, dos sistemas de salud, dos sistemas educacionales y dos ciudades en una misma ciudad. Es la lógica de la separación, el distanciamiento y, por lo tanto, la lógica de la indiferencia. Y esa no es manera de construir un país.

EA/ima@eanoticias.com

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