Historia de vida: Desesperación, empatía y un nuevo comienzo

Por Jean Leiva Reyes

El 1ro  de abril de 2014, Ana María Fajre, se encontraba en su departamento, ubicado en el condominio Chungará junto a sus dos hijos, Javiera y Hugo, cuando la tierra comenzó a moverse. Oriundos de Santiago, ya habían vivido el devastador terremoto de 2010 pero, en esta ocasión tenían muy presente que tendrían que evacuar hacia zonas seguras por el inminente peligro de tsunami.

Luego de los dos minutos de intenso movimiento, Ana María, sacó como pudo a su hija de la ducha, la envolvió en un cobertor e inmediatamente puso a ambos en dirección al punto de encuentro previamente acordado, en las cercanías del hospital Juan Noé. Al contrario de sus hijos ella no seguiría esta ruta, ya que saldría en búsqueda de su madre quien en ese momento se encontraba en la parroquia Virgen de las Peñas.

Los menores salieron correctamente por el camino aprendido pero, entre la oscuridad y la multitud no tardaron en extraviar el rumbo. Por su parte, Ana María, no logró dar con su madre hasta que retornó a su casa desde donde huyeron juntas en dirección al hospital. Ahí se juntaron con el padre de familia, Claudio Gutiérrez,  quien para el terremoto se encontraba trabajando.

Los padres se dispersaron por el sector cercano al punto de encuentro. Buscaron, gritaron sus nombres y preguntaron a la gente que se encontraba en el lugar, pero nada, nadie había visto a ninguno de sus dos hijos. Al transcurrir el tiempo la situación se fue volviendo cada vez más agobiante para ambos, quienes ya comenzaban a perder la cabeza.  La ciudad aún se encontraba a oscuras lo que complejizaba la búsqueda, que como recuerda Ana María “incluyó albergues, hospital, clínicas, comisarías, investigaciones, casas de compañeros de curso de la javiera y cuanto lugar se puede imaginar, pero nada”.

El terremoto había pasado a segundo plano, ahora la verdadera tragedia era el extravío de los menores, quienes podrían haber sido víctima de algún derrumbe, atropello o cualquier otra situación imaginable en esos momentos. Los familiares y amigos del sur se enteraron de la situación y comenzaron a  llamarles, lo que agregó nerviosismo a la situación. Ya no querían contestar el celular.

Estaban desesperados y no querían más preguntas, sólo respuestas.  Pero las respuestas no llegarían hasta las 6 de la mañana del 2 de abril, luego de cerca de diez horas de búsqueda intensa y desesperada.

Cuando ya ha pasado un año de la aterradora experiencia, la familia Gutiérrez Fajre se reúne en  Centro de Formación Técnica de Tarapacá, para agradecer a Angie Esquivel, estudiante de segundo año de Técnico de Nivel Superior en Administración Pública, por la valentía e iniciativa tomada en esas horas de desesperación.

Como muchos héroes anónimos, Angie tuvo la iniciativa en el lugar y  momento preciso. “Estaba caminando cerca del campus Saucache,  y me fijé que adelante habían dos niños solos y con muy poca ropa, Javiera estaba envuelta en una frazada. Venían conversando entre ellos, en qué iban a hacer y hacia dónde seguir. Entonces ahí fue que Javiera me preguntó si estábamos en una zona segura, lo que me causó extrañeza, ahí les ofrecí que me acompañaran al departamento y ayuda para encontrar a sus padres”. Los menores aceptaron la invitación de Angie, quien junto a su madre los acogió, alimentó y les dio abrigo, mientras trataban de comunicarse con la familia de los menores, lo cual no fue posible hasta las seis de la madrugada, cuando logró entrar la llamada en el único número de celular que Javiera había memorizado. “Mi mamá siempre me decía que por cualquier cosa me tenía que aprender su teléfono, a lo cual no hice mucho caso. Pero me lo repitió tanto que en ese momento de desesperación me acordé del número”.

El padre de los menores cuenta que a esa altura de la madrugada seguían visitando lugares para dar con el paradero de Javiera y Hugo. “Estábamos en carabineros por segunda vez, cuando nos llama la mamá de Angie y nos dice que estaban en su casa. Así que fuimos al reencuentro que, para nosotros, fue como un nuevo parto, un nuevo nacimiento, el corazón estaba lleno de emociones”.

Tras horas de angustia la familia se volvió a reunir, y hoy lo hacen para agradecerles a esta joven mujer y su madre, por la gran calidad humana y la empatía demostrada en aquel recordado  1ro de abril. “Agradecemos a Angie y su familia, ya que fueron muy solidarios y humanos al hacerse cargo de estos dos niños para ellas desconocidos. Nos hemos visto gratamente sorprendido con la calidad de personas que son los ariqueños en general, ya que hemos vivido una serie de otras situaciones que nos hacen pensar que hemos elegido bien al venir a vivir a esta ciudad”, agrega el padre. Hugo, el menor de la familia también se siente muy agradecido de Angie, ya que él realmente se encontraba con mucho miedo de no volver a ver a sus padres. “Estamos muy agradecidos de que nos salvara, fue muy valiente y amable”.

Desde aquella experiencia la familia Gutiérrez Fajre y Angie han mantenido una relación constante la que, paradójicamente, no hubiese sido posible sin la experiencia trágica del terremoto. Las situaciones extremas como estas hacen que emerja lo peor y lo mejor del ser humano, y afortunadamente para esta familia -esta historia con tintes de tragedia- logró tener un final feliz y un nuevo comienzo, uno que comenzó un miércoles 2 de abril de 2014.

EA/jlr

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