Recreación de San Agustín, un rigorista. Crédito: cem.org.mx

El acertijo del “asesino en la puerta”, ¿Siempre es inmoral mentir?

Por Eugenio Sadovsky 1959- 2016 /

Lic. en Matemáticas de la Universidad de Buenos Aires /

El clásico acertijo del “asesino en la puerta” lo introdujo San Agustín, un rigorista y planteaba la siguiente situación. Un hombre pobre llega a tu casa buscando un refugio. Accedes a ocultarlo en tu hogar. Al rato llega el asesino y pregunta acerca del paradero del hombre que está buscando. ¿Qué es lo que haces? ¿Debemos mentir y decirle al asesino que no sabemos acerca de la persona que busca? ¿O que lo vimos irse hacia otro lugar? El rigorista dirá que, como no debemos mentir bajo ninguna circunstancia, hay que confesarle al asesino que está en tu casa.

Para el análisis de la relación entre mentira y moralidad, se intentará centrar el mismo desde una perspectiva que más que confrontar con la acusación de rigorista que se le imputa a Kant, pretende instalar el interrogante que se plantea respecto del criterio a adoptar, al confrontarse dos imperativos categóricos, y si en este contexto, resulta suficiente el criterio universal y necesario de la razón práctica.

El examinar el interrogante: ¿siempre es inmoral mentir? nos induce a indagar el tipo de evaluación moral que hacemos frente a la mentira.

La postura rigorista sostiene que toda mentira es inmoral. Para ello, en el caso de Kant, se apela a la Razón como  instancia trascendental que funciona como criterio moral universal y necesario para evaluar la mentira.

No hay lugar para excepciones, “el deber ha de ser una necesidad práctico-incondicionada de la acción…ha de ser ley para todas las voluntades humanas”, y cuando una ley no se verifica, ya sea una sola vez, deja de serlo.

La voluntad que obra según leyes debe elegir solamente aquello que la razón reconoce independiente de la inclinación.

La mentira que se dice al prometer falsamente no pasa el test del imperativo categórico y por lo tanto no es moral, y ya que esto es un resultado a priori que se derivó a partir de la Razón práctica, entonces tenemos que  la prohibición a la mentira es universal y necesaria, en otras palabras: toda mentira es inmoral.

Si nos planteáramos que querer salvar a nuestro amigo fuera solo una inclinación (un sentimiento humano), en términos kantianos no existiría un dilema moral, ya que la moralidad excluye las inclinaciones humanas.

Pero supongamos que negarle la verdad al asesino, fuera una forma de ayudar al prójimo (nuestro amigo), o que al confesar la verdad cometiéramos la injusticia de poder provocar a nuestro amigo un daño que no merece, la disyuntiva se establece entre opciones que son enteramente morales.

El dilema que se plantea ahora, reside en la necesidad de decidir cuál es el imperativo categórico que debe prevalecer, y es aquí donde resulta necesario efectuar algunas reflexiones.

Es innegable la importancia del imperativo categórico entendido como criterio para establecer lo moral, como test que se le hace a las máximas de acción para indagar si son correctas o no moralmente.

La incondicionalidad que pretende Kant para el principio de la moralidad puede buscarse no solo en el factor causal, sino, más bien en el factor racional del que deben estar provistos los criterios de evaluación moral.

No se pretende con ello que se deje de entender la ética de Kant como una ética del deber, sino que se hace prevalecer con mas énfasis  el elemento evaluativo racional.

En circunstancias no excepcionales, la teoría moral kantiana nos brinda un principio de orientación de la conducta moral responsable, éste actúa como un instrumento para evaluar cursos de acción.

Pero en situaciones como las del “asesino en la puerta”, e indudablemente aun más en circunstancias  extremas como las que, por ejemplo, refiere Primo Levi  en su “zona gris” en la que, minuto a minuto se desgrana la indecible banalidad del mal, este criterio resulta claramente insuficiente, y ligar la racionalidad con la incondicionalidad, trae aparejado costos imposibles de salvar.

Podría esperarse que el contraejemplo de la circunstancia excepcional, se constituya en un desmérito absoluto de las posibilidades que ofrece Kant para pensar la moralidad.

Considero, sin embargo, que la alternativa no debe plantearse, con la severidad que propone Kant, entre un rigorismo racional, o la renuncia a todo esfuerzo por establecer criterios objetivos y racionales del enjuiciamiento y de la acción morales, y la entrega de éstos a la contingencia y el acaso.

Pareciera necesario, en consecuencia, sin desconocer la función normativa de principios racionales de evaluación, apelar a criterios no exclusivamente racionales, estratégicos (similares a los de la phrónesis aristotélica), para poder resolver conflictos como los que se plantean ante la necesidad de optar entre dos deberes morales, o en circunstancias excepcionales como las descriptas.

Emmanuel Kant.

Emmanuel Kant/imagen de biografíasyvida.com

La prudencia entendida como la razón de lo contingente, nos permitirá confrontar con las circunstancias particulares, al regir la acción desde el propio interior de las mismas.

Muchas veces obramos siguiendo el criterio del mal menor, o asumiendo que la pérdida de la pérdida es ganancia, sin por ello ser inmorales. Obviamente con esto se acepta un campo moral más amplio que el que la racionalidad kantiana impone, al aceptar criterios morales fundamentados también, en la inclinación humana.

Desde esta perspectiva, no toda mentira es inmoral, (en el ejemplo podríamos haber elegido moralmente ayudar al prójimo, o no cometer con él una injusticia) y ello resulta de aplicar criterios adicionales que coadyuven a ponderar nuestra acción.

Se admite de esta manera que toda evaluación moral no puede hacerse abstrayéndose en forma absoluta, de las contingencias de la circunstancia, sino que, por el contrario, comúnmente es necesario tener en cuenta la particularidad del caso en que se encuentra el agente. Si bien es mejor ser veraz que mentiroso, esto no implica que la prohibición de la mentira deba ser universal y absoluta, ni que por mentir seamos indefectiblemente inmorales.

Como conclusión se dirá que: un proyecto como el de fundamentación racional kantiano, resulta sumamente satisfactorio si el mismo atiende, cuando resulta necesario, las contingencias y particularidades que deben afrontarse estratégicamente.

EA/es

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