“Sprich dein Wort und zerbrich”

(Por El Genio Maligno)

Werner Herzog, Del caminar sobre hielo. Entropia: Buenos Aires. 2015. 112 pags.

En 1987, Gilles Deleuze, filósofo francés de largas uñas y cinéfilo empedernido, pronuncia una conferencia relativamente famosa titulada ¿Qué es el acto de creación?

En ella Deleuze plantea la afinidad entre la obra de arte y el acto de resistencia, para lo que recurre a un pensador ya casi olvidado (entonces y ahora): André Malraux, novelista, intelectual orgánico del gobierno de de Gaulle y uno de los intelectuales que ayudó a apagar los fuegos del mayo francés, que el mismo Deleuze ayudó a iniciar.

¿Qué rescata Deleuze de Malraux? Un concepto, una cosa muy simple sobre el arte: Malraux dice que el arte es la única cosa que resiste a la muerte.

Saltemos en el tiempo al invierno de 1974. “Solo si fuera una película creería que todo esto es real” anota Werner Herzog en su libreta, al poco de comenzar su caminata. Una larga marcha desde Múnich hacia París en línea recta. Su peregrinaje tiene como objetivo llegar hasta la cama de una amiga moribunda. El caminante cree que sus pasos, su peregrinar, la mantendrá viva.

Herzog, quien ya había filmado para entonces dos de sus películas más importantes (Aguirre, la cólera de Dios y Kaspar Hauser), llena su libreta de anotaciones inconexas, instantáneas que retratan el frío y el camino que queda bajo sus pies.

A veces confuso, Del caminar sobre hielo es la bitácora de un doble acto de resistencia: el acto ritual del hombre caminado en soledad para ganarle un tramo a la Parca, y el testimonio de una odisea privada para guardar los retazos del recuerdo de un inexorable olvido. Ahí su belleza, ahí su posibilidad de salir del ámbito de lo privado, su primera forma, y llegar a nosotros como libro.

Alcanzar lo público, entrar en la circulación de los hombre, será su gesto para con la muerte y el olvido enfrentados mediante una escritura, bajo el frío del invierno, en una batalla perdida desde el vamos.

Herzog se detiene en paisajes de hielo y páramos, describiendo cómo el paisaje se transforma al pasar del territorio germano al galo, cruzándolo al igual que los dialectos, y donde aún se mantiene un mundo bucólico que lo reconoce como un extraño:

“Una mujer mayor, rechoncha y pobre, que está juntando leña, me dirige la palabra, enumera a sus hijos, cuando nacieron, cuando murieron. Como siente que quiero seguir viaje, habla el triple de rápido, resume destinos enteros, saltea la muerte de tres chicos, pero después las recupera porque no quiere que queden ignoradas: y todo esto en un dialecto que me hace difícil seguirla. Tras el deceso de toda su generación de hijos sólo dijo sobre sí misma que ella juta leña, todas las mañanas; habría querido quedarme más tiempo con ella.”

Por caminos que recuerdan antiguos imperios y que guardan huellas de grandes guerras no tan antiguas, las notas avanzan, se detienen en lo minúsculo, en el detalle de las minifaldas de las adolescentes (acto de resistencia de la erótica contra el frío de la Mitteleuropa), en caminos con nombres impronunciables, los campesinos, los animales (vacas tan reflexivas como poéticas) y árboles que humean como seres vivos.

Recuerdos de peregrino que llegan a nosotros como viaje imaginado.

Herzog deja ver un brillo de esperanza casi religiosa en esta bitácora, donde cada palabra sabe que en ese caminar es en sí un potlach, un sacrificio tan gratuito como excesivo e inútil. Una escritura que de tan banal se vuelve mística, lo que le permite lograr, mejor que en sus plúmbeas películas, entregar el retrato de esa resistencia de la que hablaba Deleuze, citando a Malraux.

Las esquelas fragmentadas del breve libro, publicado por Entropía, le dan forma a algo tan frágil como como el hielo que se quiebra bajo sus pies. Y así lo perduran.

El título de esta nota es una cita de Nietzsche, que se podría traducir, aproximadamente, como: di tu palabra y quiébrate.

Solo eso quería decir.

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