Cincuenta sombras de Elfriede Jelinek

Por el Genio Maligno    

                             (Elfriede Jelinek, Deseo. Barcelona: Destino, 2004. 234 pgs.)

La lectura matutina de diarios me arrancó una sonrisa al leer el titular: Roban un manuscrito de la cuarta novela de la saga 50 sombras de Grey. Ya la misma idea de un manuscrito resulta un tanto anacrónica, pero la escena del robo del borrador de un bestseller semierotico le da a todo un tono tan cándido como épico.

         Quizás los genios de la mercadotecnia editorial ya no podrán nunca superar la obra maestra que fue la masacre en la redacción de Charlie Hebdo a semanas del lanzamiento de Sumisión, la última novela de Michel Houellebecq.

Sin embargo, 2015 será recordado por no pocas personas como el año en que vieron en pantalla Cincuenta sombras…, la edulcorada película de la homónima novela de E. L. James.  Asusta imaginar las miles de vergonzantes fantasías que asolaron a estudiantes, trabajadoras y amas de casa con empresarios golpeadores no por su contenido sexual, sino por omitir las relaciones poder (empresario, millonario, heterosexual) que sostenían el relato y el goce del siempre apuesto y trajeado señor Grey.

No sin ácido sarcasmo, la socióloga Eva Illouz la ubicó coronando el género del “erotismo de autoayuda”: una novela romántica con escenas eróticas de corte sadomasoquista, que no logra cortar con la fantasía hegemónica y burguesa del amor heteronormado (mujer blanca inexperta conoce a hombre blanco millonario, se enamoran, crisis, reconciliación, amor verdadero, monógamo y eterno).

Millones de libros vendidos a escala mundial han consolidado a Cincuenta sombras…como la gran anti-novela feminista de nuestra época. No solo porque no propone ninguna alternativa a la heteronormatividad tradicional, sino, porque los refuerza haciéndolos parecer trasgresores en una sociedad en que ha permeado parte del ideario feminista. Las maromas del lenguaje soez, las escenas de BDSM y la falsa fantasía de una sexualidad extrema, han logrado nuevamente travestir el orden patriarcal en las vestiduras de la libertad sexual.

En lo personal, mi disgusto no radica en este quid pro quo, sino en que la novela gira en torno a un gran silencio: la omisión escandalosa de la pregunta (plenamente sexual y por tanto plenamente política) acerca de si se puede elegir ser sometido.

Dejando de lado el debate, revitalizado en los últimos años, sobre las propuestas políticas de la obra de Sacher-Masoch y Sade, o Le Discours de la servitude volontaire ou le Contr’un de Étienne de La Boétie, quizás podamos encontrar la contracara más radical de la trilogía de E.L. James en la novela Deseo (1989) de la escritora austríaca Elfriede Jelinek.

Jelinek es lo más. Poetiza, dramaturga, novelista, activista. Promotora de polémicas en países tan aburridos como Austria, inmortalizada en el cine por la lente de Haneke en 2001 y galardonada con el Nobel en el 2004.

Sin embargo, sigue siendo una desconocida y sus libros, por más suerte que desgracia, suelen encontrarse en librerías de saldo y mesas de ofertas.

Podríamos definir aventureramente Deseo como novela más lograda de acerca de la biopolítica. Disfrazada de narrativa erótica, Jelinek nos ofrece una reflexión desoladora de los dispositivos de control, reproducidos a escala doméstica y genital. Como esas simpáticas muñecas rusas.

Imposible no imaginar con acidez la continuidad de las aventuras de los sonrosados Grey y Anastasia en la asfixiante relación de Hermann, director de una fábrica de papel, y su mujer Gerti. Para muestra un botón:

“Para este director, las personas cuentan simplemente en tanto que son personas y son consumidas o pueden ser convertidas en consumidores. De este modo se habla a los desempleados de esta región, que han sido pensados como alimento para la fábrica y sin embargo quieren comer ellos mismos”

         Se trata de una lectura ardua por las escenas de crueldad explícita que eliminan metódicamente cada esperanza depositada en los destinos de los personajes, así como por los agotadores párrafos (extenuantes,  carentes de diálogo y, sin embargo, veloces) que generan un efecto realmente disuasivo.

En Deseo lo único que no aparece es, precisamente, el deseo. Ahí su logro y su densidad: aquel que puede someter, somete; aquel que puede dominar, domina; aquel que puede revelarse, titubea o se engaña.

EA/jcm

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