Jorge Luis Borges. Crédito: fundacionborges.com.ar

Borges y la anatomía de su nostalgia

Por Gervasio Caviglione Fraga

“Cuando un hombre y una mujer engendran un hijo, no saben a quien engendran. Pueden engendrar a Shakespeare, Macbeth, Adán, Caín, eso es lo de menos. Ya sucederán las cosas después. Y nuestro deber, nuestro grato deber es organizar nuestro porvenir, sabiendo que éste será muy muy distinto” Jorge Luis Borges, 1986.

El Dr. Jorge Guillermo Borges agoniza en su lecho; ya ciego, víctima de una apoplejía y sin ganas de vivir, decide pasar sus últimos días en silencio, sin quejas, con la discreción y la modestia con la que vivió sus 64 años de vida.

Su único hijo varón Jorge Luis Borges de 38 años, con quien tuvo una relación algo distante y contradictoria, de miradas y de silencios efectistas, se conmueve admirado por esa valentía estoica con la que afronta sus últimos días y cuando ya siente la distancia dolorosa y mágica de su muerte deja su tributo;

 

Te hemos visto morir de pie

Dando frutos, como mueren los valientes

Te hemos visto morir con el tranquilo

Ánimo de tu padre entre las balas

 

La guerra no te dio su ímpetu de alas

Y la parca fue cortando el hilo del valiente

Con asombre y marcial respeto

Celebramos tu victoria; orgullosos te observamos

Ya formando el cuadro magno con ancestros en la gloria.

Mucho se ha dicho y escrito – y los psicoanalistas han abusado bastante – en relación a la madre de Jorge Luis Borges, de la relación e influencia que ésta tuvo en su vida – la indulgencia con la que cuidó, leyó e hizo las veces de secretaria, acompañante en sus viajes luego de que a partir de los 55 años su hijo ya no “´pudiera descifrar los lomos y las carátulas de los volúmenes” -, en su obra – basta recordar el final del cuento “La intrusa” cuya inspiración portentosa el escritor le debe a doña Leonor Acevedo – y en sus relaciones con las mujeres sobre las que se decía, ejercía una vigilancia estrictísima “acabando con ellas de modo implacable si la dama en cuestión no se ajustaba a sus severísimas exigencias” (Marío Vargas Llosa; Diario El País; octubre de 2014 “El viaje en Globo de Borges y Kodama”).

Crédito: fundaci onjorgeluisborges.com.ar

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Su padre, el Dr. Jorge Guillermo Borges – nacido en Buenos Aires en el año 1874 y fallecido en esa misma ciudad en 1938, abogado, empleado administrativamente en un tribunal civil y profesor de inglés y psicología del centenario colegio porteño Lenguas Vivas- fue, según testimonios de la época, una persona muy inteligente, enormemente culta y de ideas anarquistas – en la creencia del individuo antes que el estado, admirador – aunque no seguidor – de la doctrina de Herbert Spencer.

Hombre que descreía de los gobiernos y aficionado a las carreras de caballos, el juego (naipes, billar), los amigos, la bebida, la noche y las bellas mujeres como así también a la literatura ya que, en aquella casa de la calle Serrano en el barrio de Palermo donde su hijo pasó sus primeros años, poseía una biblioteca compuesta de más de mil volúmenes, la mayoría en inglés, idioma que dominaba a la perfección por ser hijo de madre inglesa; Fanny Haslam (“Mi padre solía ufanarse de su sangre sajona pero también se burlaba de ella al decir “La gente habla tanto de los ingleses y al fin y al cabo ¿qué son los ingleses ? Unos chacareros alemanes”, JLB, año 1980 en diálogo con Joaquín Soler Serrano en el programa “A Fondo”).

Ha dejado algunos buenos sonetos, era poeta. Él quiso que se cumpliera en mí el destino que no pudo cumplirse en él, el destino de escritor, de modo que yo supe de niño que mi destino era literario. Y mi padre me franqueó su biblioteca en su mayor parte de libros ingleses en la que yo me eduque (JLB “A Fondo” con Joaquín Soler Serrano; año 1976)” “… La biblioteca de mi padre ha sido el acontecimiento capital de mi vida. A diferencia de Alonso Quijano yo no he salido nunca de esa biblioteca (J L Borges  “A Fondo” con Joaquín Soler Serrano; año 1980).

Ese lugar es donde Jorge Luis Borges encuentra esa pasión precoz que luego lo transformaría en ese hombre de cultura múltiple y visión universal de estilo cuajado y propio que le permitió escribir y opinar – en una fiesta de ironía, humor y juego y con un despliegue de inteligencia tan intemporal que aún continúa vigente –  sobre poesía, novela, filosofía, historia, religión, autores clásicos y modernos en tres o cuatro idiomas distintos a través de sus cuentos de ficción fantástica, su poesía y sus eruditos ensayos, exhibiendo / escondiendo entre líneas y sin confesarse abiertamente sus fobias, manías, filias y anhelos íntimos.

El Dr. Jorge Guillermo Borges crece bajo la imagen opresiva de un padre – el coronel Francisco Borges, Jefe de las Tres Fronteras en Junín –, guerrero que cae muerto en una batalla, según su nieto Georgie de forma épica – como lo describe en el soneto de despedida de su propio padre -, al que nunca conoció desarrollando en consecuencia una personalidad indecisa, escéptica, introvertida, autocrítica, discreta y vacilante.

Georgie parece reafirmar el concepto; “mi padre fue un hombre tan modesto, que hubiera preferido ser invisible como el hombre de Wells” (JLB “A Fondo” diálogo con Joaquín Soler Serrano; año 1976).

Intentó novelas y obras de teatro pero rompió casi todo, entre ellas una composición – con argumento inquietante si se bucea en el vínculo que tuvieron padre e hijo – sobre “un hombre desilusionado con su hijo”, titulada “Hacia la nada”.

Sólo publicó una novela llamada “El Caudillo”; obra histórica entrerriana (Entre Ríos, es una de las 23 provincias argentinas) que retrata la época de la confederación en tiempos del asesinato de Justo José de Urquiza. Aquella novela de escasa  difusión y menor repercusión sobre la que su autor “Confesó estar insatisfecho…, y parece haberle echado un poco la culpa a Georgie; estaba descontento con las metáforas expresionistas que su hijo le había sugerido en Mallorca “yo puse ahí muchas metáforas para hacerte el gusto” le dijo a Georgie “pero realmente son muy malas, hay que eliminarlas”. Entonces le pidió a su hijo que la reescribirera” (“Borges, Una vida”; de Edwin Williamson). Georgie nunca lo hizo a pesar de haber prometido muchas veces hacerlo (confr. Documental “Los Paseos con Borges” de 1976).

El joven Borges hereda de su padre su agnosticismo, su ceguera, su inteligencia, su sentido del humor, la amistad del eminente Macedonio Fernández y por supuesto, la pasión por la literatura que parece haberles llevado a ambos a un mundo “irreal”…. “Mi padre no me daba consejos (descreía por completo de su utilidad), sólo me dijo que debía leer mucho, escribir mucho, romper casi todo y no apurarme a publicar…El no quiso darme ningún consejo literario. Yo le entregué el manuscrito de mi primer libro “Fervor de Buenos Aires” que se publicó en 1923 y al que él le hizo muchas correcciones  pero no me dijo nada ni me las mostró. Y después de su muerte, encontramos un ejemplar de aquel libro lleno de aniquilaciones, correcciones y variantes que yo aproveché para realizar una nueva edición, un poco más decorosa, de modo que en la actualidad ese libro está publicado en colaboración con mi padre”  (JLB en diálogo con el periodista Joaquín Soler Serrano “A Fondo”; año 1980).

De él recibió una influencia ética enorme según testimonio del propio Jorge Luis Borges (“Los Paseos con Borges”); el hecho de hacer a un lado la idea de premios, la idea de castigos “aunque no sepamos muy bien que es eso”, y aprendió – con la ayuda del tablero de ajedrez – las paradojas eleáticas de Zenón y el idealismo de Berkeley mediante ejemplos en los que le hacía saber que el movimiento y la materia no existen sino en cuanto nosotros los percibimos.

De las distintas biografías que se han escrito de la vida de Borges se puede concluir que, aunque no tenían una relación de cariño y complicidad tampoco era de la autoridad jerárquica ni de la subordinación propia de aquella época entre padre e hijo, sino de esas que “excluyen las confidencias y evitan el diálogo” como escribió en unos de sus relatos más famosos (El Aleph; “Tlon, Uqbar, Orbis Tertius”).

Cuenta la leyenda que el Dr. Jorge Guillermo Borges se encontraba tan apartado del mundo en el que vivía que cuando viajaron con la familia a radicarse en Europa en 1914, desconocía por completo que el continente había entrado en guerra, circunstancia que obligó a la familia Borges a refugiarse en Suiza, país neutral en dicha contienda bélica.

Algo de la naturaleza de ese vínculo entre padre e hijo se entrevé en el personaje de aquél cuento que sufre de “irrealidad” y que resulta el reflejo del padre en el hijo personificado en la figura del ingeniero inglés “Albert Ashe” y que luego parece heredar el propio Jorge Luis Borges conforme surge de su vasta y rica obra.

El universo borgeano tiene rasgos inconfundibles, pero el principal y supremo es el ser irreal, estar fuera de este mundo concreto en que nacemos, vivimos y morimos sus hechizados lectores, en existir sólo como en un milagroso espejismo gracias a la brujería literaria de su autor, que con mucha razón dijo de sí mismo “Muchas cosas he leído y pocas he vivido”. El mundo creado por Borges sólo existe en el sueño, en la palabra, aunque su belleza, elegancia y perfección disimulen su esencial irrealidad”. (Mario Vargas Llosa; Diario La Nación; “Por qué? Como?”; Enero de 2002).

Al ser una persona con una mente compleja, genial y cósmica se ha acusado a Jorge Luis Borges de ser alguien frío y distante, lo que el mismo se encargó de desmentir señalando que ello es “falso; soy desagradablemente sentimental, soy un hombre muy sensible. Ahora cuando escribo, trato de tener cierto pudor y como escribo por medio de símbolos la gente supone que esa algebra corresponde a una frialdad, pero no es así, esa algebra es una forma de pudor y de emoción… La tarea del arte es esa, transformar lo que nos ocurre continuamente en símbolos, transformarlo en música, transformarlo en algo que pueda perdurar en la memoria de los hombres. Es nuestro deber y tenemos que cumplir con ello, sino nos sentimos muy desdichados” (Jorge Luis Borges, año 1976 en diálogo con Joaquín Soler Serrano en el programa “A Fondo”).

 El Dr. Jorge Guillermo Borges muere en el año 1938 pero sobrevive en el corazón de su hijo y en “las galerías y los palacios” de su memoria por las imágenes vividas, sentidas y dispersas sobre las que se estructuró parte de su obra que con un sustrato emotivo y sentimental se adivina autentica en el soneto “La Lluvia” del libro “El hacedor”, escrito a base de silencios, datos escondidos, sutil reminiscencia e insinuaciones, en los que toca las fibras íntimas del lector que haya tenido o tenga una relación de afecto con su padre.

Allí, en la calle Serrano, en Palermo, su barrio, un ya consagrado escritor vuelve a jugar con los efectos distorsionadores – y las diversas coloraciones – del tiempo y el espacio (“esta lluvia presente alegrará en un futuro las uvas de un patio que dejó de existir en el pasado”) y recuerda “la voz deseada de mi padre” que “vuelve y que no ha muerto”.

Al recorrer estas líneas, el curioso lector sabe que la persona retratada ya ha muerto aunque el contenido del soneto vaya en la dirección contraria.

Cualquiera diría que por la larga agonía de su padre ciego, con el cuerpo inmóvil y con el deseo de morir “por completo (en cuerpo y alma)” (conforme la glosa irónica del Dr. Borges) un hijo ya maduro debía estar preparado para recibir la noticia de la extinción definitiva de su padre; pero no fue así, ya que como bien dijo quizás su único amigo, Adolfo Bioy Casares al referirse a la muerte de su mujer Silvina Ocampo – quien sufría desde hacía diez años de una enfermedad que la había llevado a un mundo “irreal” – “es muy distinto eso a la nada que provoca la muerte” (“La Muerte ronda a Bioy Casares” Diario El País; 29/1/1994).

En el año 1960 en diálogo con Adolfo Bioy Casares, Jorge Luis Borges recuerda que “mi padre atribuía a Heine el verso “Te querré eternamente y aún después” (“Borges” de Adolfo Bioy Casares; año 2006).

Al final, cuando su padre ya se ha ido y al parecer su “primera impresión” es de “malestar en el vientre y en las rodillas, de ciega culpa, de irrealidad, de frio, de temor” (El Aleph; “Emma Zunz”) Georgie. para aliviar su dolor, deja su súplica;

¡Papá, no me dejes! ¡Quiero ir contigo adonde vayas! (año 1938; “Borges; una vida” Edwin Williamson).

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